Mi primera entrega de boletines
El viernes recibí el boletín de calificaciones de mi hijo, que cursa en el primer grado de la escuela Raúl Scalabrini Ortiz, más conocida (lamentablemente) como “la trece”. Lo sabía por una nota en el cuaderno de comunicaciones, pero supuse que sería sólo una “entrega”. Para mi sorpresa se armó una nutrida reunión de padres, con la maestra y la vicedirectora. Tuve que cancelar un laburo que pensaba hacer esa tarde.
Las noticias eran buenas en general, tranquilizadoras y estimulantes. El grupo está bien conformado y la mayoría de los chicos aprenden con rapidez. Algunos todavía trastabillan en sus primeros pasos con la lengua y los números, pero lo más posible es que muy pronto ya estén leyendo cada cartel que se les cruce en el camino. La maestra cuenta anécdotas, habla de unas pocas dificultades menores, propone ciertas reglas para regular la relación entre adultos. A los padres se los ve contentos y confiados, el clima es de armonía.
Ni bien reparten los boletines pispeo rápidamente el contenido. No es que estuviera nervioso, porque confío en el pibe. Para que no piensen que soy un baboso, cito textual del boletín: “se destaca en ser un muy buen alumno y compañero”. Pero lo analizo con un poco de ansiedad, en busca de alguna pista que corrobore los signos que últimamente nos han estado inquietando a la mamá y a mi. La maestra aclara que no puso en este primer período de medición ningún “regular” y ningún “sobresaliente”, es decir que todos son B y MB, por una cuestión de tacto. Más que una evaluación, se trata de un diagnóstico.
Y bien, los indicios de que no todo está bajo control me parecieron evidentes. La mitad de las calificaciones son B y la mitad MB. Y hay un señalamiento: “trabajaremos más en concentrar sus energías en realizar sus trabajos”.
Me decido entonces a preguntarle a la maestra: “¿cómo está la relación de los chicos con los adultos, es decir con vos y con los otros profesores?”. La respuesta brota automática y locuaz, bien al estilo docente. Pero a mitad de camino ella se da cuenta que quizás haya en mi inquietud un trasfondo que conviene a su vez interrogar, para que emerga con nitidez. Por eso se interrumpe abruptamente y repregunta: “¿por qué preguntás eso?”
“No sé si todos los padres y las madres perciben lo mismo, digo buscando complicidad, pero lo noto a J muy cambiado, más grande, mucho más desafiante. Nada que ver con el año pasado. Es como si de golpe hubiera dejado de ser un nene y se parara por momentos como adulto”. El murmullo abundó en ejemplos que confirmaban esa sensación. Cada quien contó lo propio, algunos más divertidos, otros apesadumbrados. A esa altura Ricardo (el director) había remplazado a la vice en la reunión, y cortó de un saque el cuchicheo. Como suele decirse, salió con los tapones de punta. Alcancé a entender fue más o menos lo siguiente:
“Sí, no es casual. Lo que pasa es que nosotros le estamos enseñando a los chicos a protestar, a defenderse y hacer valer sus criterios. Como les dijimos en la primera reunión, nos interesa mucho trabajar la cuestión del comportamiento y de la ética, tanto o más que lo formativo. Ellos están aprendiendo a manifestarse y por eso quizás a veces se les va la mano, se zarpan, confunden la protesta con el maltrato. Es lógico. Aquí todo el tiempo estamos tratando de buscarle la vuelta a los conflictos que surgen, para enseñarles que hay formas de trabajar esos conflictos, con la palabra, la confianza, la apuesta a lo colectivo. No siempre lo logramos, entonces surgen los golpes entre ellos, los insultos, la humillación. Eso exige crear siempre nuevas formas de interpelarlos. Pero el punto de partida es que el conflicto es necesario. No nos interesa formar pibes anulados, impotentes ni sumisos”.
Fue la maestra quien tomó el relevo: “Nosotros todo el tiempo nos vemos desorientados por la energía de los pibes. Es natural que esa energía desborde y circule a veces sin orientación clara. Para colmo en el grupo hay treinta alumnos, porque este año hicimos mal un cálculo según el cuál siempre un porcentaje de los inscriptos no ingresan. Al sentimos excedidos, tendemos a interpretar los actos de los chicos desde parámetros adultos, nos enojarnos por su evidente irresponsabilidad y nos sorprende lo cruel de algunos actos que brotan con espontaneidad. Sin embargo, no conviene reaccionar así, movidos por el apuro de meterlos en caja. Nosotros elegimos aprender a trabajar sobre la base de ese desborde, intentando ponernos muchas veces en su piel, recordar cuando teníamos seis o siete años, para comprender cómo piensa y qué tipo de intencionalidad es la que tiene un niño en plena expansión vital. Les recomiendo este ejercicio, porque no sólo le va a permitir entenderse mejor con ellos sino que van a descubrir un mundo fascinante en permanente mutación. ¿Vieron que muchas veces la sociedad se transforma y madura, pero el sistema político tarda en reaccionar y va como a los tumbos? Bueno, aquí pasa lo mismo: los chicos crecen, cambian y nosotros no sabemos cómo interpretar ese dinamismo.
Salí de la reunión con una rara serenidad. No diría que me quedé tranquilo, como quien deja a su hijo en la escuela pensando: “total, ahí les pagan para que se ocupen de ellos”. Al contrario, me fuí con un problema a cuestas. Lo que hasta ese momento se me aparecía como una preocupación difusa, quizás pasajera, ahora se explicitaba en la forma de un desafío. Decidí no pasar por alto ya las irreverencias del petiso. Tampoco acallarlas sin más. Había en esa insolencia una invitación y un estímulo concreto para asumir la complejidad real que la educación supone.
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Qué bueno que hayan
Qué bueno que hayan aceptado el desafío... ojalá tuviéramos mas adultos con esa aceptación de lo complejo de la interacción. :-)
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Eduardo Mercovich